​De San José a la principal, un viaje en taxi que me limitó el mundo.



Me recuerdo como una niña feliz, una niña que no le alcanzaba su pequeña cabecita para todo el mundo que se le atravesaba. A las 4 de la mañana se levantaba con Marcelo Álzate un locutor con una voz profunda, única, que narraba las noticias del día: secuestros, guerrilla y giras de la seguridad democrática. La mayoría de las emisoras que logran llegar con claridad en Cachipay son del Tolima, si tuviera que narrar mi infancia sería con esa voz. 

Antes de las 6 am salimos apuradas a que nos recogiera Nacho o Gustavo para dejarnos en el cruce de La Orqueta por la vía a Anolaima, descendíamos como 25 minutos junto con mi mamá para llegar a Tocarema, la escuela rural en la estudie hasta tercer grado. Adoraba llegar allí, aun recuerdo ver esa casona grande techo rojo y paredes verdes, el rodadero gigante de lata, los dos columpios saludar a doña Olga que vivía allí y era la mamá del primer niño que pude identificar como bello, me llevaba dos grados más entonces también experimenté lo que era el amor platónico. 

Yo recuerdo ver el mundo sin limites, todo lo que se pasaba por mi mente lo hacia, decía lo que quería y disfrutaba de Luisa y Cristian mis mejores amigos. Sobre el medio día mi mamá alistaba una maleta gigante con cuadernos, libros, copias, marcadores y otra bolsa llena de guatilas que le llevaban algunas veces. Yo iba con mi maleta de perrito café y mis crespos mientras simulaba con algún tarro un teléfono en el que hablaba con “Pachuna” mi amiga imaginaria, que a mi mamá nunca escandalizó, sino comprendió perfecto que para toda esa imaginación que se me atravesaba por la cabeza necesitaba un alguien más para descárgala. 

Me encantaba todo ese plan que llegaba hasta la casa y tienda de los Ardila, cuando había suerte alguna galguearía acompañaría ese largo caminar pero era muy raro que pasara, después la entrada a donde Bladimir un estudiante de mi mamá que pronto se convierto en un amigo para la vida y una “bajada” que prácticamente tocaba en zigzag que terminaba en el río Bahamón, a veces jugábamos ahí también y descasábamos diez minutos mientras veíamos e a ese imponente correr, cierro los ojos y puedo recordar cada piedra, poso y caídas de agua de lo que alcanzaba a ver. Solo una vez fuimos con todos los de la escuela a sumergirnos, fue día muy feliz sobre todo porque jugaba con Marlon, pero él es para otra historia. 

Recolectaba hojitas distintivas o flores coloridas, las que parecen orquídeas pero más salvajes para arrojarlas al lado derecho del puente y correr al izquierdo para ver como pasaba, me da un poco de ansiedad imaginar que seguiría corriendo y quien sabe hasta donde llegaría; justo mi mamá nos había enseñado la hidrografía de Colombia y seguramente mi flor estaría en el gran Magdalena, me parecía escuchar como la flor me hablaba,  a veces le ponía voz de queja y me reclamaba que la había lanzado sin pena y otras me agradecía por la aventura a la que la enviaba, cuando me sentía mal prontamente regresaba al otro lado para enviarle una compañera, siempre he entendido la vida mejor de a dos. Arrodillada en el borde porque claramente mi mamá no me dejaba elevarme con miedo a que mi cabezota me ganará y terminara yo acompañando a mis flores; media y cerraba un ojo para lanzar la flor en el mismo sitio de la anterior para que hiciera la misma ruta, se reunirán y tuvieran una gran aventura. 

Justo después continuábamos caminando, atravesando la carrilera y encontrándonos con jovencitos que regresaban del colegio en el pueblo, me abrazaba a las piernas de mi mamá si pasaban con vacas o caballos y continuaba sofocada por la humedad mientras cantaba o le hacia preguntas interesantes: ¿Cómo hacia Dios para ver a todo el mundo? Saludaba al cielo y continuaba, si está viendo a mi papá en la finca cómo ve mi saludo ¿tiene muchos ojos? Pero detestaba imaginar esa figura monstruosa, siempre preferí imaginarlo como el viejito tierno de cabello blanco de un libro que había en la escuela, no recuerdo que habrá podido contestar pero su respuesta debió dejarme tranquila, porque nunca más me volvió a inquietar. 

La ultima subida era la más aburrida y en una sensación que aun hoy es muy familiar para mí cuando voy a terminar algo. El corazón se acelera, se hacen más pesados los pasos, aunque este azul se ve nublado, como si estuviera debajo del agua, así la presión me aprieta el cerebro y no quiero llegar, siento el impulso que es lo ultimo, ultimo esfuerzo, pero me detiene un pánico absurdo. Llegábamos a San José y don Isidoro en la tienda siempre sonreía detrás de las vitrinas, no sé si era su amabilidad, el alivio de no caminar más pero ese lugar se siente como un puerto seguro, hogareño, como que allí no me va pasar nada. Curiosamente ahora el letrero de “Bienvenido a Cachipay, tierra de ensueños, luz y amores” esta allí, cada vez que lo veo me genera la misma sensación. 

Ahí ya esperábamos a que cualquier carro nos llevara hasta el centro del pueblo, era cotidiano. La mayoría de veces viajábamos una sobre otra para irnos pronto y no pagar un pasaje de más. Ese día por fin paro un taxi, se acostumbraba que en el puesto del copiloto llevar a dos personas, atrás solo había un puesto y cabía estrictamente mi mama, su maleta y las guatilas por ello yo dije animosamente el querer irme al lado del conductor viendo la vista y podía imaginar a que iba manejado. Estaba obsesionada con ello porque Claudia tenia un cucarrón verde limón divino, que manejaba con tanta propiedad que me llenaba de esas ganas de vivir rapidito para tener uno yo.

En una clase de sándwich comencé mi película, divertida y eufórica. Pasamos los guadales que forman como una clase de túnel que siempre me sacan un suspiro, el plan de la finca de don Humberto y en la primera curva una casa gigante blanca de dos pisos con una cancha de baloncesto que me decía -algún día viviré ahí-, estaba imaginando a mis primos jugar, cuando una extraña sensación me despertó de mi letargo. Una mano fría acariciaba mi pierna, mi bíceps para ser más especifica, giré inmediatamente hacia el hombre moreno, con un bigote muy similar al de mi papá su camisa semi abierta de botones, un tufillo a cigarrillo y sudor que miraba fijamente hacia el frente, pero no logré identificar si era su mano. Dude e intente montarme en otra historia imaginada pero volví a sentir el frío en mis piernas, gire dispuesta a descubrir que era lo que estaba pasando mientras me sentía realmente asustada. 

Giré a ver mi mamá, incomoda con toda -la corotera- mirando melancólica por la ventana y por primera vez no la vi como una súper héroe que me podía defender, sino muy frágil decidí inmediatamente no decir nada como si mi genética me avisará que también podían hacerle algo a ella. Así, la pequeña Laura de 5 años entendía y sentía por y en el cuerpo por primera vez el precio de ser mujer. Aun recuerdo el nudo que me atoraba en la garganta y el pánico que sentía por mi mamá como si ella también fuera una niña muy chiquita que estiraba su cuello para alanzar a ver por encima de los ventiladores la carretera, freno por fin el carro al frente de la puerta de pre escolar de ese momento del parroquial. 

De un solo brinco salí corriendo del carro, no espere a mi mamá para pasar la calle y entre por todo el zaguán, subí las escaleras atravesé el jardín el apartamento de los Acuña y llegué a mi casa. Justo mi papá estaba, con una tina en jabón, sin respirar, lo abrace y le dije: un tipo en el taxi me tocó las piernas. Lloré, mientras me alzaba abrazándome, ya nada me podía pasar, otro puerto seguro. Mi mamá aparecía y con cara de alivio del por fin estar en la casa saludó, inmediatamente mi papá le dijo lo que yo le había dicho; esa vez también  conocí la cara de decepción de mi mamá por primera vez y me dijo ¿por qué no me dijiste nada?, solo lloré y  dije porque no quería que te hicieran algo a ti. 

No estoy segura si mi papá bajó a ver si estaba el taxi por ahí, creo que quizá lo detuve exigiéndole que valorara mi confianza y que solo quería que se quedara ahí conmigo. No recuerdo más de ese día, se que me pidieron que si volvía a ver el tipo les avisara y mostrara quien era.  Lo vi muchas veces, lo vi hoy domingo cuando iba a misa de 6 pero nunca dije nada. Imagino que mi papá discutió con mi mamá y le reprocho el no estar pendiente… ese día conocí los limites. 

No me refiero a lo limites buenos, a esos que van de la mano con el auto cuidado y la auto gestión. Sino al crecer limitada, cortada, arrancada. De en la mañana ser dueña de todos los mundos imaginados, ponerlos en practica y hacerlos realidad. A sentirme completamente frágil, sucia, mala, culpable y ver eso reflejado en mi mamá. Me volví una niña por ende mujer más prevenida, ya no confio, mi imaginación no paro pero ahora hace muchas versiones de una misma historia para poder estar atenta a cualquier cosa que podría pasar. 


Es desgastante y agotador. 


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