Fiestas, tradición y desobediencia.
<<Roma ardiendo y tú bailando>> es uno de esos poemas que se cruzó alguna vez y se incrustó en mi ADN tan recorrido por la rumba. Desde muy niña reconocí ese gusto por la noche, la verbena, la música y el cuerpo en función del goce y el movimiento. Estoy segura que es hereditario, la fiesta nos ha hecho en las mujeres de mi familia una clase de animal nocturno que se guía por sus instintos, por sus saberes ancestrales y el poder que da la libertad de ocupar un espacio no diseñado para nosotras.
El festivo de agosto que va rotando entre el 14 y el 20 es una fecha muy particular para mí porque decidí venir a este mundo un Domingo 18, un domingo de ferias y fiestas tradicionales de mis pueblos, porque para re afirmarme lo pueblerina naci en uno y he vivido casi toda la vida en otro. Cachipay y Guachetá Cundinamarca celebran sus fiestas en ese puente de agosto día de la asunción, me parieron en fiestas y cada año en medio de mucha rumba puedo celebrar la vida.
Pero la rumba es política, es resistencia y es liberación: las fiestas de un pueblo nacen del rito colonial de una celebración religiosa que permitia el objetivo de abarcar muchos más adeptos al cristianismo; pero al mismo tiempo eran días que permitían espacios de goce para todos, claramente un acto involuntario por parte de los colonos sangre azul, que no concibían que de las sobras comen los sangre sucias y esos espacios encendieron fogonazos de libertad e independencia.
«Baila, baila Zarité, porque esclavo que baila es libre mientras baila» Isla bajo el mar de Isabel Allende
Las fiestas se preparan con antelación: Se seleccionan los alimentos con atención, las mejores siembras y los animales más rollizos, se afinan los tiples, requintos y acordeones, se estrena el traje, se compra el mejor paño y se fermenta la chicha. Para esos días pasados: tocaban las campanas y se inciaban las verbenas con la bendición del párroco.
No me interesa en lo más mínimo las intenciones de los ancestros españoles para enmarcar su poder, pero celebro la raigambre popular llena de mixturas con ceremonias pre hispanicas y ritos africanos. Uno de los primeros actos más democráticos e interccecionales: La fiesta popular, las fiestas del pueblo.
Esa acción colectiva que ha permitido la crianza de saberes, la evolución del mercado, el desarrollo de expresiones artísticas que germinan la identidad y la identificación: el saberse <<de>> y el pertenecer <<a>>.
<<Con estas fantasías animaba yo mis sienes, elaborando ya el reto supremo: yo sería el centro y el motivo de la celebración, no su víctima. Yo sería el espíritu de la concordia y el goce sin fin. Yo era el alma que le daba origen a su rumba, la novia de la rumba, la que siempre ganaría, la más gozona y asediada>> ¡Qué viva la música! de Andrés Caicedo.
Desclazarse para ser parte del todo, para bailar al son de como bailan los metizos, los negros, los blancos. de como bailan los viejos pausados y esos adolecentes briosos, con ganas de comerse la noche de un bocado. No se cae en el arribismo social, en la rumba todos somos iguales, todos pisamos el mismo barro y escuchamos la misma música. Todos nos ahogamos en esa chichonera con vaho, entre el olor del cigarrillo y alcohol que aunque algunos tomen whisky de la mejor calidad, esa noche reciben la chicha del buen amigo de jolgorio que no se le saben ni el nombre.
La fiesta es una oda a la comunidad: un arma de desobediencia que permite burlarse del poder, un acto irreverente al sistema hegemonico que reina todos los días del año, un exorcismo a la desigualadad, una escalón más de evolución humana que se manifiesta en el baile y el festejo, una reafirmación propia de la existencia.
Lo anterior no es más que una explicación no pedida del por qué unas "simples fiestas de pueblo" son columna vertebral de una sociedad. Porque es un derecho el disfrute, el goce, el placer... porque aunque juzgue tengo el deber de participar hasta el último aliento de mis fiestas del pueblo, de mi revolución. Porque la rumba no se desgasta, solo espera pacientemente a que cada agosto yo regrese... espera a esos amigos que solo se ven en ese fin de semana y viven de pequeños infinitos, a esas familias numerosas que pasean en la plaza de mercado a las 9 am un domingo, a las noches luminosas llenas de risillas inocentes y a esos fantamas de los que ya no están, que a las 5 am caminan por las calles en una alborada que anuncia que no es un fin de semana cualquiera, que es la fiesta de siempre, de todos, del pueblo.
Laura I- Escritora de Garaje.

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