FE, PUEBLO, TRADICIÓN Y MUJERES.

Es Viernes Santo y siento un inmediato hormigueo en las piernas, puede ser porque mi primer recuerdo en  un viacrucis es en los hombros de mi papá, viendo a unos soldados maltratar a un hombre, en vivo porque así se hacía. 

Dorado, rojo y unos cascos con pelos blancos, logro reconocer en la niebla de mis recuerdos esas fotografías mentales, me gustaba ver a muchachos que veía por ahí tan inmersos en su papel, logró en mí una sensación que 23 años después aun no se borra. 

Era y es impresionante ver ríos de gente, volver a saludar personas que son del pueblo y perdía en el radar de la vida, pero que volvíamos  reconocernos justo en ese caminar: Niños, niñas, ancianos, ancianas, mujeres, hombres,  familias, alcaldes, comerciantes, toda una comunidad  acompañando a Jesús. Lo entendía como simbólico, ahora sé que no lo es. 

Es un banquete de acciones para una espectadora como yo, una periodista de la vida en mi pequeña aldea que logra apreciar esa fe, esa cultura del encuentro y  el respeto por las tradiciones de los abuelos. Me emociona ver al nieto, que no va misa y quizá ni cree en la iglesia de la mano de su abuela, respondiendo sus oraciones, eso es amor, el lenguaje del amor de Dios. Logro ver esos hombres, tan ajenos a mi, a mis percepciones entregando su fuerza  al cargar a Jesús en la cruz, o tiempo atrás un cruz gigante, pesada, respondiendo al llamado. <<Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz y sígame>>  Mateo 16:25–29  cuántas cruces tenemos, cuántas cruces veo abrazar con fuerza mientras caminamos pero sería atrevimiento hablar por cada habitante, de sus culpas, se percibe en el silencio, en la lluvia, en el cielo opaco y la humedad palpable, logramos cargar culpas, juntos. 

A parte de esa imagen del Viacrucis en vivo, privilegios de tener un colegio parroquial como hijo, siempre vi a las mujeres, entonces aunque mis imágenes simbólicas fueran las de los dibujos con un Dios padre como un abuelo con una blanca barba y un Jesús Rock Star, con pelo largo la fe, la espiritualidad y la iglesia las veo con rostro de mujer. Es lógico, todos sus artículos son femeninos, pero lo he reconocido en cada señora y mujer que he visto en estos años, que admiro profundamente,  me representan y me identifican

A Jesús siempre lo acompañaron las mujeres, siempre estuvieron y están ahí. Con la valentía y autonomía del de María, con la conciencia y la experiencia de la Magdalena, con la empatía y la bondad de la Verónica, con el llanto de las mujeres en Jerusalén, dónde Jesús reconoce todo lo que cabe en el cuerpo y el alma de las mujeres, bellamente lo describe Marta Gómez y Raquel Riba Rossy en Lo Innombrable 

Porque Jesús en su suplicio se detiene a hablar con las mujeres, a reconocer sus testimonios, su cuerpo y cuero para la evolución del mundo, a decirnos aquí estoy y como ustedes caminan conmigo, yo camino con ustedes, eso es, un caminar y una conversación constante. 




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