¿ A QUÉ HUELE? A RECUERDOS.
En la esquina entre la panadería y el paga todo hablaba con una amiga, que la mayoría de veces parece más mi conciencia sobre los recuerdos.
Tengo grabadas casi exactas las fechas de muchas cosas y no solo fechas de cumpleaños, el calendario cerebral marca exactamente los días con sus climas de momentos en mis 26 años. Pero resulta no solo eso, resulta que prácticamente puedo devolverme al momento y sentir: las palpitaciones, el corrientazo o la falta de respiración, puedo oler el buitrón de la estufa de leña en Peñas, o su perfume, con almizcle, sudor y choco break blanco, o la purina, detergente, unos visos de asadero del pasado y el más dulce de los sueños.


Tengo grabadas casi exactas las fechas de muchas cosas y no solo fechas de cumpleaños, el calendario cerebral marca exactamente los días con sus climas de momentos en mis 26 años. Pero resulta no solo eso, resulta que prácticamente puedo devolverme al momento y sentir: las palpitaciones, el corrientazo o la falta de respiración, puedo oler el buitrón de la estufa de leña en Peñas, o su perfume, con almizcle, sudor y choco break blanco, o la purina, detergente, unos visos de asadero del pasado y el más dulce de los sueños.
Tener una memoria sensorial es un regalo, un don que pedi y quizá desarrollé al soñar ser escritora, pero como cuesta sentir de más en un mundo tan áspero y cruel algunas veces. Cuesta prácticamente hacer regresiones que te dejan desalmada y en el mejor de los casos con una nostalgia latente y solitaria.
A veces me pregunto para que los recuerdos, para qué la memoria en qué sentido la experiencia humana necesita almacenar un conjunto de imágenes de esos hechos, más de lecciones aprendidas, que al final son lo que importan, pero es incontrolable recordar y sentir específicamente ese instante, a veces es aterrador y ruidoso...
Pero la oscuridad es callada y me asusta, me estremece pero no por los fantasmas bajo mi cama y los sonidos en el techo, me asusta la oscuridad de mi memoria y el olvido que llegue a exigir su trono en mi mente, y termine navegando a la deriva, sin conciencia de mis puertos.
Escribir no es más que un antídoto ante el olvido, no lo descubrí yo. "Los habitantes de Macondo estaban dispuestos a luchar contra el olvido" describe García Márquez cuando Aureliano implemento formulas, y marca todo con sus nombres para defenderse y defender a ese caserío de las evasiones de la memoria. Porque finalmente se puede saber todo, pero de qué sirve si no se recuerda, por ende no se mantiene y no evoluciona.
Temo a la peste del olvido, aunque recordar me desgarre y rompa. Temo morir, por eso temo olvidar. Sentir mucho es difícil y le abre la puerta a la soledad, porque son pocos los que quieren aferrarse, agradecer y viajar hacia atrás, hay un parte de tranquilidad es imposible quedarse allá.
-Lau I, escritora de garaje.
Escribir no es más que un antídoto ante el olvido, no lo descubrí yo. "Los habitantes de Macondo estaban dispuestos a luchar contra el olvido" describe García Márquez cuando Aureliano implemento formulas, y marca todo con sus nombres para defenderse y defender a ese caserío de las evasiones de la memoria. Porque finalmente se puede saber todo, pero de qué sirve si no se recuerda, por ende no se mantiene y no evoluciona.
Temo a la peste del olvido, aunque recordar me desgarre y rompa. Temo morir, por eso temo olvidar. Sentir mucho es difícil y le abre la puerta a la soledad, porque son pocos los que quieren aferrarse, agradecer y viajar hacia atrás, hay un parte de tranquilidad es imposible quedarse allá.
-Lau I, escritora de garaje.
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