LA VIDA EN ZAPATOS.
De niña me sentaba en las escaleras del altar justamente cuando se iba entregar la eucaristía, me parecía envolvente ver pasar un rio de personas diferentes en fila militar, reconocía a esos otros, con 6 años en ese lugar que vivía y yo creía tan propio. Adoraba ir a misa los domingos a las 6, esperaba que llegara y le preguntaba a mi mamá una y otra vez ¿Cuántas horas faltaban para ir a la iglesia? rompiendo en estas letras la ilusión de mi madre que posiblemente tendría como hija una santa, vinimos a descubrir que yo quería estar en misa para ver los zapatos de la gente.
Era hipnótico: tantas formas, colores, era una belleza, un mundo detenido de estética y estilo que hoy en día 20 años después no puedo explicar. Por cada par de zapatos yo inventaba una historia o en realidad me contaban una que ya existía y la adornaba, se escucha por ahí " nada dice más de alguien que sus zapatos" y la línea directa de pisar el mundo y decir aquí estoy y aquí voy.
El vestir y el calzar son verbos que acompañan nuestra vida, desde que nacemos incluso desde que nacimos como humanos y la religión nos los contó: " La mujer vio que el fruto del árbol era hermoso, y le dieron ganas de comerlo y de llegar a tener entendimiento. Así que cortó uno de los frutos y se lo comió. Luego le dio a su esposo y él también comió. En ese momento se les abrieron los ojos, y los dos se dieron cuenta que estaban desnudos. Entonces cocieron hojas de higuera y se cubrieron con ellas". (Génesis 3 del 6-8) El clima, los caminos y la evolución nos llevaron a perder nuestro pelaje y crear ornamentos para protección y por instinto de supervivencia y después traspasados por el poder, la jerarquía y la división este ornamento debía enmarcar a donde pertenecíamos, qué lugar ocupábamos para medir nuestros derechos y deberes, según la categoría y el género. Así como las fronteras dividieron pueblos, riquezas geográficas y culturas. El vestir nos dividió como humanidad y marco los cimientos de las civilizaciones y opresiones posteriores.
La estética del vestir y su superficialidad es directamente relacionado a lo femenino, "la moda", lo estético y lo bello generan un rechazo innato en lo intelectual, en lo serio, en lo profundo, y en lo masculino portándose como vehículo para la ridiculización y censura.
Hay personas que nacen con ojos para la belleza, con la intención de contar su vida a través de sus manos, de su arte. De la importancia de los detalles y la búsqueda valiente y compleja de la perfección. Buscar comunicarse pertenece a nuestra genética, somos seres sociales no nacidos para el exterminio de los otros, cuando jugamos a eso nos extinguimos. Genuinamente nos comunicamos desde la individualidad así entretejemos esos extremos de las formas en cómo leemos el mundo.
Jhovany recuerda como soñó siempre con la estética, cuando se nace con un don sale por los poros: una pantaloneta camuflada con unas sandalias que su estampado le hacia el juego perfecto, salió por las calles de ese pueblo, un niño orgulloso de su creación porque por primera vez, su personalidad estaba vestida y gritaba fuerte aquí estoy y aquí vivo.
Ese grito costó mucho, cuesta mucho aun hoy en los cimientos del patriarcado. Cuesta golpes, insultos y advertencias, remueve las ideas que lo femenino se codifica: es pasivo, visual y complace al ojo masculino por el contrario; ese masculino es activo, utiliza la mente, el poder y el pensamiento. Ese ornamento debe ser útil y necesario, por fuera queda el derecho a lo bello más si trasgrede el disfrute del otro ( predominante masculino). Nadie está por fuera del vestir y su habitar en el mundo germina en sus ropas y su calzado. Traspasa pensamientos, su relación con la otredad, la cultura y la política.
A Jhovany le agradezco su desobediencia al « padre » ese desacato fue la insubordinación a un pueblo machista, que necesita abrir los ojos a lo bello, a la diferencia, a las tradiciones, a la moda y al estilo.
Fotografía: Laura Ibáñez.
Laura I- Escritora de garaje.



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