Soledad...


Mientras pinta sus uñas de rojo y termina su café de media tarde Blanca pureza empieza un viaje a la nostalgia. Sopla sus uñas para que sequen más rápido y recuerda como era la mujer más bella de su pueblo, mientras sonríe orgullosa con ciertos matices prepotentes. Todas las tardes con el vestido de flores correspondiente a ese día salía a dar su rutinario paseo,  recorría el sin fin de calles para comprar algunas frutas  y verduras que traían los campesinos desde las montañas al medio día,   aunque en el fondo de su conciencia sabía que salía solo para aumentar su autoestima y sentirse admirada.
Ya cuando los arreboles adornaban la tarde avisando que el verano estaba para quedarse por esa época del año, entraba a su casa a tomar la habitual taza de café  y escuchar su radio novela que empezaba a las 7 en punto.  Mientras su imaginación volaba durante una hora y media de amores imposibles y literarios, picaba las verduras recostada sobre el mesón apoyando fuertemente sus muslos para no perder el equilibrio.
A penas termina su novela, sintoniza la emisora que da los mismos pasillos y bambucos  que ya sabe de memoria  pero que le alimentan su espíritu sensible y callan los gritos de la soledad. Los escucha hasta que queda profundamente dormida, en su viejo catre lleno de almohadones  y fragancias.

Se levantaba con los tres campanazos que retumban en todo el pueblo anunciado la misa de 7 de la mañana, su baño diario duraba alrededor de una hora y escogía el vestido de flores que adornaría su día. Preparaba arepas de choclo y un chocolate espeso y salía a barrer las hojas  que adornaban la entrada de su casa que caían constantemente por los vientos de agosto. Esperaba pacientemente en su mecedora al lado de la ventana leyendo algunas letras mientras era la hora de su paseo.
Todos comentaban que siempre salía en busca de algo, quizá de algo que había perdido o algo que nunca tuvo. Un sueño, una idea, de casualidad podría ser un amor aunque era tan imposible ya que cada uno de los hombres que intentaban acercarse salían despavoridos de su testarudez y ese amor maldito que solo ella sabía soportar a la independencia.
Pero si hubo un sujeto, un sujeto sin nombre pero era él el causante de esa soledad insufrible, esa soledad olía a perfume tenía su sonrisa.  Fue de esos amores que padecen hasta el final, cada segundo, que enloquece y enceguece que no deja cabos sueltos ni puertas abiertas para poder escapar pero si un sinfín de perforaciones profundas que ni el tiempo sana.

Algún día para  finalizar el año alguien  interrumpió su sagrada radio novela  golpeando incesablemente en la puerta, algo molesta blanca pureza abre, abriendo así mismo la puerta para que la soledad abandonara su casa y su vida. Era aquel hombre, hombre maldito que no le había bastado toda la destrucción que su amor había dejado y venia por más, Blanca pureza sin más remedio y pisoteando su testarudez, su dolor  y su orgullo,  callo rendida en su pecho.
Siendo ahora la mujer de alguien seguía orgullosa paseando su belleza por las calles  pero ahora con una luz diferente, un brillo que solo el amor de la vida puede dar. Ya no preparaba un baño si no dos, planchaba camisas, preparaba más arepas  y una tasa más de chocolate. Sus paseos matutinos ya no iban abrazados de melancolías si no agarrados de la mano de risas y besos.  Tuvo hijos, les dio una vida y logro sacarlos adelante, estudios, viajes y familia y los mando a volar, pero nadie regreso,  nadie estaba allí, nadie le recordaba lo bonita que era, ni le regalaba vestidos de flores.  Mientras secaba las lágrimas de sus ojos se reprocha continuamente que hubiera pasado si no hubiera caído como vil pluma en el pecho de ese hombre, estaría viviendo distinto. ¡Malditas decisiones!  Termina por exclamar.

Con su mirada perdida en el horizonte vuelve a recorrer nostalgias y está dispuesta a volver a contar una historia que no será fácil olvidar, la historia de su vida, la que acabo de terminar de escribir,  pero la enfermera interrumpe  la levanta de la mesa y la lleva a su habitación. Allí queda sumida en el ancianato del pueblo que la vio crecer donde quizá nadie debe recordar aquella divina mujer de vestidos de flores que salía feliz a pasear su soledad. 

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